Cuadernos japoneses

Dicen que no conviene juzgar un libro por su portada, pero precisamente la portada de éste fue lo que hizo que quisiera leerlo. Cuadernos japoneses cuenta las vivencias de su autor, Igort, un dibujante italiano que se ve viviendo en Tokyo.

Japón se había convertido para mí en el cofre de los deseos y, sobre todo, en un paraíso para los artistas. Embriagado por las viejas estampas japonesas, me adentré en aquel mundo de símbolos aparentemente sencillos que ocultaba una sabiduría misteriosa. Me había convencido a mí mismo, y a mis editores, de que en otra vida yo había sido japonés.

Igort viaja a Japón en varias ocasiones entre la década de los 90 y los primeros años del nuevo milenio, y a cada viaje se suceden distintas historias que va narrando con una mezcla de melancolía, a veces rabia e incluso idolatría. El dibujo es sencillo y firme, el color recuerda a las acuarelas con aire desgastado por el tiempo que casa perfectamente con el tema y el relato. En sus 184 páginas, el autor va desgranando sus experiencias en tierra japonesa así como las influencias que ha recibido y recibe durante ese período, las historias que escribe y todo cuanto se puede esperar de un diario dibujado.  

El libro mezcla datos históricos que le interesan con sus propias vivencias, sus esperanzas y frustraciones; y salvo algún enfado puntual, la narración y los dibujos destilan un cariño especial por Japón y por todo lo acontecido, un agradecimiento agridulce a la experiencia vivida.

Quizá por esta mezcla de lo personal, lo histórico y lo anecdótico la lectura no se hace para nada pesada, pasando de un tema a otro a salto de página. El dibujo también combina elementos de su vida cotidiana con sus historias publicadas así como reinterpretaciones de antiguas estampas de ukiyo-e, filosofía, personajes famosos o hechos históricos.

En definitiva, una lectura muy recomendable.

 

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